Crítica: National Theatre Live: Fleabag
Antes de que Fleabag fuera una serie, un fenómeno cultural, una colección de premios Emmy y el motivo por el c...
Antes de que Fleabag fuera una serie, un fenómeno cultural, una colección de premios Emmy y el motivo por el cual medio mundo comenzó a mirar con sospecha a los sacerdotes atractivos, fue una mujer sentada frente al público contando su desastre. No había montaje paralelo, reparto estelar ni una cámara a la cual dirigir una mirada cómplice. Solamente Phoebe Waller-Bridge, un escenario casi desnudo y un personaje que convertía el sexo, la crueldad y el humor en mecanismos para no pronunciar la palabra “culpa”.
Escrita e interpretada por Waller-Bridge y dirigida para el escenario por Vicky Jones, Fleabag apareció por primera vez en el Festival Fringe de Edimburgo de 2013. La versión registrada por National Theatre Live corresponde al montaje presentado en 2019 en el Wyndham’s Theatre de Londres, cuando la adaptación televisiva ya había transformado a su creadora en una celebridad. Esa circunstancia altera inevitablemente la experiencia: El público no está descubriendo a una desconocida, sino observando el texto fundacional de un personaje al que cree conocer.
La comparación con la serie resulta imposible de evitar. La obra contiene la muerte de la madre, el destino de Boo, el café temático dedicado a los conejillos de Indias, la relación conflictiva con Claire, las separaciones periódicas de Harry y el célebre discurso sobre Barack Obama. Varias de las mejores líneas de la primera temporada ya estaban allí, aunque rodeadas por situaciones alternativas, revelaciones más crueles y una oscuridad que la televisión aprendería a dosificar.
La escenografía es mínima. Waller-Bridge ocupa una silla y reconstruye su mundo mediante el cuerpo, la voz y una precisión feroz para modificar el ritmo de cada frase. Algunos personajes, como el gerente del banco y la conferencista feminista, existen mediante voces pregrabadas. Los demás aparecen filtrados por la protagonista. Ella cambia la postura, el acento y la expresión para convertirse durante segundos en Harry, Claire, Martin o cualquier hombre que haya pasado por su vida dejando una decepción, un orgasmo mediocre o ambas cosas.
El ejercicio exige mucho más que recitar un monólogo. Waller-Bridge debe sostener durante más de una hora los cambios de tiempo, espacio, personaje y temperatura emocional sin abandonar el escenario. Su interpretación funciona como una maquinaria de relojería. Acelera una anécdota hasta convertirla en comedia, interrumpe una carcajada con una confesión dolorosa y esconde la desesperación detrás de un gesto insolente. La velocidad no elimina el dolor; lo mantiene a distancia.
La función se registra sin fingir que se trata de una película. La cámara conserva la relación entre intérprete y escenario, pero utiliza los primeros planos para captar el trabajo de Waller-Bridge en el rostro. Una pausa, una mirada sostenida o la contracción de una sonrisa permiten observar cómo Fleabag calcula la versión de sí misma que desea ofrecer al público. La filmación comprende que su rostro es el verdadero espacio dramático de la obra.
En televisión, romper la cuarta pared se convirtió en la característica más reconocible de Fleabag. La protagonista encontraba la cámara, compartía un pensamiento y regresaba a la escena antes de que los demás pudieran advertir su fuga. En el teatro, en cambio, todo el relato es una conversación con el público. No existe una frontera clara entre la vida del personaje y sus apartes porque la obra completa sucede dentro de esa confidencia.
Esa diferencia demuestra cuánto creció la idea durante su adaptación. La serie convirtió la mirada a cámara en algo más que un recurso cómico: era un escondite psicológico. Fleabag podía abandonar emocionalmente una situación para refugiarse en la complicidad del espectador. Durante la segunda temporada, el sacerdote interpretado por Andrew Scott percibía esas ausencias y le preguntaba adónde iba. El truco se convertía entonces en una forma de intimidad y, al mismo tiempo, en la evidencia de su dificultad para permanecer junto a otra persona.
Crítica: National Theatre: VanyaEl monólogo todavía no posee esa profundidad. Es más agresivo, egoísta y considerablemente más cruel. Hace comentarios sobre el cuerpo de otras personas, trivializa ciertas experiencias sexuales y convierte casi todo vínculo en material para una broma. Parte de esa ferocidad fue novedosa en 2013, cuando resultaba menos frecuente encontrar protagonistas femeninas abiertamente promiscuas, enfurecidas y desinteresadas en ofrecer una conducta ejemplar. Vista después del movimiento #MeToo y de la multiplicación de personajes construidos bajo su influencia, algunas provocaciones han perdido fuerza y otras revelan las limitaciones del texto.
La representación de la sexualidad también resulta más sombría. Fleabag habla del deseo como una forma de consumo y utiliza el cuerpo para anestesiar la soledad. Su relación con la pornografía, sus encuentros sexuales y su necesidad de ser observada no expresan una liberación completa; muestran a una mujer buscando confirmación en cualquier mirada disponible. El sexo puede producir placer, pero también funciona como una vía rápida para evitar el duelo.
La historia de Hilary, el conejillo de Indias ocupa aquí un lugar más importante y toma una dirección mucho más perturbadora que en la televisión. Waller-Bridge llega incluso a interpretar al pequeño animal mediante movimientos mínimos que inicialmente provocan ternura. Esa comicidad prepara un giro cruel y confirma que el universo original de Fleabag estaba menos interesado en reconciliar al público con su protagonista.
El centro emocional continúa siendo Boo. Aunque Fleabag organiza su relato para parecer irreverente, sexualmente audaz y dueña de cada situación, la ausencia de su amiga contamina todo cuanto cuenta. La revelación sobre aquella muerte reorganiza retrospectivamente el monólogo. Lo que parecía una sucesión de aventuras, fracasos y observaciones mordaces adquiere la forma de una confesión pronunciada por alguien que no sabe pedir perdón.
No todos los momentos poseen la misma intensidad. El texto es irregular y algunas anécdotas parecen preparativos para golpes que nunca llegan. La dependencia de voces grabadas y personajes imitados restringe los conflictos, porque nadie puede contradecir verdaderamente a Fleabag. Todos existen dentro de su relato y, por lo tanto, permanecen sometidos a su mirada. La energía interpretativa disimula buena parte de esas debilidades, pero no consigue eliminarlas.
La serie solucionó este problema mediante su reparto. Claire (Sian Clifford) dejó de ser solamente la hermana reprimida para convertirse en una mujer compleja, capaz de amar a Fleabag y sentirse destruida por ella. Martin (Brett Gelman) adquirió una vulgaridad patética que ningún cambio de voz podía sustituir. Harry (Hugh Skinner) obtuvo una fragilidad propia y la Madrina (Olivia Colman), ausente del monólogo, convirtió la cortesía en una forma exquisita de violencia. Cada personaje dejó de ser una extensión del recuerdo de la protagonista y comenzó a disputarle el control de la historia.
Allí se encuentra la diferencia fundamental. La obra presenta una voz extraordinaria; la televisión construye un mundo. El monólogo puede ser contundente, pero la serie permite que los silencios, las miradas y las interpretaciones ajenas contradigan aquello que Fleabag dice sobre sí misma. También le concede tiempo para cambiar. La primera temporada profundiza su culpa y la segunda plantea una pregunta todavía más difícil. No solamente cómo continuar viviendo, sino cómo intentar ser buena.
National Theatre Live: Fleabag es un tour de force para Waller-Bridge como escritora, actriz y comediante física. También es un documento fascinante sobre el origen de una obra que transformaría la comedia televisiva. Verla equivale a abrir el cuaderno de bocetos de una artista y encontrar, entre tachones y líneas todavía incompletas, la figura que más tarde dominaría el lienzo.
Pero el boceto no supera a la obra terminada. La serie es más divertida, dolorosa y compleja porque comprende que Fleabag necesitaba algo más que un público dispuesto a escucharla: necesitaba personas capaces de responderle. Quien quiera conocer el origen del personaje encontrará aquí una función feroz y por momentos brillante. Quien desee entrar de verdad en su universo debe ir a la serie. Allí Fleabag deja de hablarnos únicamente para comenzar, finalmente, a escucharse.
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