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Pulp nunca fue exactamente una banda de britpop. Coincidió con el movimiento, apareció en sus fotografías familiares y terminó ocupando un lugar central en su imaginario, pero mientras Oasis soñaba con la inmortalidad del rock y Blur estudiaba con sorna las costumbres nacionales, Jarvis Cocker escribía desde el interior de las habitaciones. Sus canciones hablaban del sexo después del fracaso, del rencor de clase, de las fantasías que sobreviven a la adolescencia y de esa vergüenza tan británica de desear una vida distinta mientras se aparenta estar satisfecho con la propia. Pulp: ¿Qué harías por una canción más? comprende que contar la historia del grupo exige algo más que ordenar discos, fechas y titulares. Hay que explicar cómo aquellos inadaptados de Sheffield convirtieron la humillación privada en comunión popular.

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Garth Jennings, la persona detrás de esa encantadora película sobre niños obsesionados con el cine llamada Son Of Rambow, entrelaza el concierto más grande ofrecido por Pulp en una arena, con imágenes de archivo que recorren cuatro décadas. La estructura evita separar el pasado del presente como si fueran habitaciones clausuradas. Una canción abre una puerta, una grabación juvenil devuelve a Cocker a sus primeros escenarios y el relato desemboca nuevamente frente a 22.000 personas. No asistimos, entonces, al homenaje póstumo de una banda todavía activa, sino a la demostración de que las canciones pueden envejecer sin convertirse en piezas de museo.

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El propio Jennings explica que el proyecto nació casi por accidente. Cuando se insinuó la reunión de Pulp en 2022, escribió a Cocker para ofrecerse a filmar los conciertos. Nadie le había encargado un documental. La propuesta creció, perdió financiación, resucitó y terminó incorporando More, el primer álbum del grupo en 24 años. Esa gestación accidentada beneficia a la película: lo que iba a ser el registro de una reunión terminó capturando un nuevo capítulo creativo. La pregunta del título deja de significar “¿qué queda después del éxito?” para convertirse en otra más fértil: “¿qué puede hacerse cuando ya no hay nada que demostrar?”.

Jennings encontró la respuesta al observar que los músicos regresaron porque todavía disfrutaban tocar juntos. Según el director, la edad los liberó de la competencia, de la urgencia por triunfar y de la obligación de justificar su lugar. “La única razón para hacerlo es que lo aman”, afirma. Esa libertad impregna el concierto. Escaleras, plataformas, cuerdas y dieciocho músicos sobre el escenario construyen una fiesta expansiva, pero nunca aplastan la fragilidad de las canciones.

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La puesta en cámara se somete a los cuerpos y a la música. Jennings evita el montaje frenético propio de tantos rockumentales prolongando los planos, siguiendo los movimientos espasmódicos de Cocker (curiosamente heredados de Elvis Costello y no de Joe Cocker), y permitiendo que una canción encuentre su respiración. Jennings ya había descubierto, mientras dirigía a Thom Yorke en el video de Lotus Flower, que filmar a un músico consiste en reconocer aquello que lo vuelve irrepetible. En Yorke era el movimiento; en Cocker, explica, es la silueta, ese cuerpo anguloso capaz de transformarse al mismo tiempo en seductor, predicador, insecto y vecino indiscreto.

Pero el arma secreta de la película no es la figura de Cocker aislada contra las luces, sino su relación con el público. Aunque actúe ante miles de personas, posee la capacidad de dirigirse a cada espectador como si le contara un secreto al oído. Jennings conserva su voz como narración sin encerrarlo en la convencional entrevista frente a cámara. Así, Jarvis explica su propia leyenda susurrándola. El concierto adquiere la intimidad improbable de una conversación multitudinaria.

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La presencia del público también impide que la película se reduzca a nostalgia generacional. Jennings esperaba encontrar una congregación de veteranos noventeros, pero las cámaras revelaron edades, identidades y procedencias muy diversas. Los coros de la multitud son tan poderosos que resultaba imposible retirarlos de la mezcla sonora. En ese instante Pulp deja de pertenecer a quienes compraron Different Class en 1995. “Se siente como estar en una iglesia”, dice el director, y la comparación tiene sentido. Las canciones regresan a la vida porque una comunidad vuelve a pronunciarlas.

El archivo registra la aparición del legendario DJ John Peel que descubrió a la banda, la obstinación de un Cocker adolescente y el ascenso gradual de una banda que pasó años contemplando el éxito desde la calle. No hay aquí una fábula sobre talentos destinados a conquistar el mundo. Pulp triunfó tarde, después de cambios de integrantes, discos ignorados y una perseverancia que habría parecido absurda en cualquier grupo menos convencido de su propia rareza. Por eso su llegada a una arena funciona como una revancha de todos aquellos que alguna vez observaron una fiesta desde afuera.

Pulp: What Do You Do for an Encore? celebra sin ocultar el paso del tiempo. Cocker ya no interpreta la juventud desde la juventud, sino desde la memoria corporal de quien sobrevivió a ella. En Common People, Disco 2000 o Do You Remember the First Time?, el deseo conserva su electricidad, pero lleva ahora la melancolía de saber que hasta nuestras derrotas terminan volviéndose recuerdos entrañables. El bis no consiste en repetir el pasado. Consiste en regresar a él, encender las luces y descubrir que todavía hay miles de personas dispuestas a cantar.

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