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Desde “Para qué?”, esa conmovedora pieza interpretada por Alejandro Sokol (1960-2009) que le daba título a su disco de 1998, Las Pelotas abordó el existencialismo en forma de baladas. A casi cuatro décadas de su fundación y a casi treinta años de aquel álbum, su nuevo trabajo profundiza en esas indagaciones filosóficas. “Unos te dicen por aquí, otros se apoyan en un Dios, pero nadie en este mundo sabe por qué, sabe por qué está aquí”, canta Germán Daffunchio, con el respaldo vocal de la bajista Gabriela Martínez, en “Cuando ves alrededor”, la canción que abre Sin la piel.

El título del álbum es un alegato sobre uno de los males de esta época, en la que las apariencias y la vida artificial en las redes adquieren una importancia desproporcionada. No es un diagnóstico novedoso, pero todo parece exacerbado. En la era en que los filtros de Instagram funcionan como un maquillaje artificial, la crueldad neoliberal se expande en el mundo y la frivolidad del menemismo vuelve en forma de tragedia, Las Pelotas propone un viaje introspectivo. Las preguntas han sido una constante en el estilo poético del grupo, y parece haber un trabajo en espiral, un eterno retorno a preguntas casi arcaicas, como la que ya se hacían en “¿Qué podés dar?”, incluída en Despierta (2009): “Que podés dar, realmente dar, que está en tu corazón, y no en aparentar”. Un truco letrístico que Daffunchio suele repetir: apelar a la interpelación de uno mismo, pero enunciada en la segunda persona del singular.

Es un arranque delicado, no exento de cierto dramatismo, que marca la tónica del disco. La furia que ostentaba el grupo en otros tiempos, parece encausada hacia formas amables. La línea de bajo y la pulsión de la batería de “Esperar el tiempo”, el segundo movimiento del álbum, refuerzan ese sonido épico que caracteriza a la banda. Había mugre antes; ahora hay un sonido puro, con un delicado trabajo en las voces, una producción impoluta. “Sin la piel”, la canción que no casualmente le da título al álbum, remite instantáneamente a himnos de The Cure como “Lovesong”. Una cruza exacta de new wave, aires góticos, ecos de post-punk sumada a una melodía pegadiza y los teclados sutiles y precisos de Sebastián Schachtel, que son una evocación de ese sonido que marcó los años 80. Pero a pesar de todas esas referencias pretéritas, ni esta canción, ni el disco en general, son un mero gesto de nostalgia o de reconstrucción. Las referencias ochenteras no funcionan como un ancla estética, sino como un punto de partida para canciones que funcionan en la guitarreada, por fuera de todo artificio, de cualquier oropel. 

El gesto de Germán Daffunchio es casi gardeliano: cada día canta mejor. Con los años, su voz ha encontrado en la dulzura un refugio luminoso. Y luminosa es, también, la portada del álbum, diseñada por Juan Daffunchio (hijo de Germán, también responsable de las visuales en los conciertos). La foto con los gajos de mandarina en una bandeja de supermercado dialogan con las formas geométricas de la pintura abstracta de Corderos en la noche (1991), y es junto con la de Despierta la más refulgente de toda su discografía. El reggae, piedra angular del sonido del grupo, aparece en “Tanto más”, con una melodía irresistible del “Pollo” Gómez, que reaparece en “Los dos”, una pieza que parece aplicar la lógica inversa al día de la marmota: “Me encantaría que me digas cómo hacer para que este día nunca se termine”. Definitivamente cancionero, Sin la piel está lleno de sutilezas. Buena parte de ese sonido, delicado y poderoso a la vez, es responsabilidad del entramado de guitarras que construyen el histórico Tomás Sussman y Gaspar Daffunchio, otro de los herederos de Germán. “La bruma de otoño” tiene una base que coquetea con el jazz rock y la intro de fingerpicking de “Las cosas como son” tienen algo de country, pequeños detalles sonoros que condimentan al fogón, origen y, a la vez, destino final de estas piezas sofisticadas.

El sentido trascendental de la vida, la indagación profunda del ser, la eternidad y la pulsión existencialista son inquietudes universales que marcan el derrotero temático del álbum. Pero a pesar de la hondura intelectual, lo que prima es la sensibilidad. Su gran virtud es el equilibrio, esa amabilidad pop y el devenir luminoso de una de las bandas más longevas, prolíficas y vigentes del rock en esta parte del mundo.

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